Una sólida estructura vertical de perfiles industriales sostiene, en su sección media, un plano horizontal donde se ofrecen en sacrificio unas mazorcas de maíz hiperrealistas, cuidadosamente forjadas y protegidas por hojas metálicas texturizadas en tonos verdes y dorados. La obra erige un auténtico monumento al fruto fundacional de nuestra tierra, contraponiendo la frialdad constructiva del hierro con la calidez orgánica y sagrada del alimento que forjó la identidad de un continente.
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