Esta construcción en hierro funde el rigor constructivo con una profunda carga simbólica. La obra se eleva verticalmente en una silueta ojival y estilizada, en cuyo interior se suspenden elementos que evocan la tierra, la cosecha y la ofrenda: mazorcas de maíz modeladas con texturas orgánicas descansan sobre barras metálicas horizontales.
Las superficies rugosas, los bordes erosionados y las líneas ascendentes confieren a la pieza una solemnidad ritual. Es una obra donde la materia se convierte en vehículo de memoria, rindiendo tributo al esfuerzo, la entrega y los frutos de la tierra.
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