Dos tubos metálicos de curvas sinuosas y sensuales se abrazan y entrelazan en el espacio, aprisionando en su centro una esfera pétrea de textura orgánica. La obra materializa el encuentro y la fricción entre elementos ajenos que coexisten en un equilibrio tenso pero armonioso. La frialdad del hierro industrial se humaniza al dialogar con la redondez cálida de la piedra, convirtiendo la invasión en una perfecta simbiosis plástica.
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