La materia metálica se pliega sobre sí misma para marcar un cambio de rumbo en el espacio. La escultura articula un diálogo preciso entre volúmenes oscuros y siluetas geométricas, donde el quiebre de la línea se convierte en pausa y dirección. Es un recodo íntimo donde cada plano metálico guarda la memoria de un trayecto detenido.
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